mardi 27 décembre 2016

Damià ALOU∕ En memoria de Oliver SACKS

CLAVES DE RAZÓN PRÁCTICA
En memoria de Oliver SACKS
Por Damià ALOU

Oliver Sacks fue ese cerebro especial capaz de engranarse con esos otros cerebros especiales gracias a su peculiar personalidad y a una serie de aconteceres que también le obligaron a adaptarse, que le convirtieron en uno más de esa galería de supervivientes que nos presenta en su obra.

Cuando a finales de los años ochenta se publicaron en España los dos primeros libros de Oliver Sacks en castellano, Despertares y El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, algunos le tacharon de coleccionista de bichos raros, de médico extravagante que solo atendía a pacientes de síntomas estrafalarios para enseñar ese momento en que el hombre se convierte casi en un fenómeno de feria. Y a pesar de que su obra venía avalada por nombres tan prestigiosos como W. H. Auden, Doris Lessing o Harold Pinter, o de haber recibidos críticas elogiosas en The Times Literary Supplement, Sacks cargó con ese sambenito durante muchos

• El libro que lanzó a la fama a Oliver Sacks, Despertares,1 trataba de los pacientes que en 1916-17 habían sucumbido a una pandemia de encefalitis letárgica, una misteriosa enfermedad que afectó a casi cinco millones de personas hasta su desaparición, igual de misteriosa, en 1927-28. Los pacientes que sobrevivieron, unos dos tercios, nunca recuperaron su vitalidad original, y aunque recobraran la conciencia, no llegaban a despertar del todo y permanecían mudos e inmóviles en sus sillas sin energía, ímpetu, vigor o afecto. Cuando el doctor Sacks llegó al Hospital Beth Abrahams y se encontró con ese panorama humano, su primer instinto no fue la curación (algo que en ese momento parecía improbable) sino lo que podríamos denominar la “recuperación de la persona”.

“En medio de los estragos de esta enfermedad, que por lo demás lo devoraba todo, había una cosa y solo una, que se salvaba normalmente: la inteligencia, la imaginación, el juicio y el sentido del humor”. 2 Es decir, debajo de la máscara, pensaba el doctor Sacks, el hombre continuaba vivo, y su misión era encontrarlo.

• Ese mismo propósito guiaría El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, una colección de casos clínicos en los que las dolencias que marcaban o incluso anulaban la personalidad de cada paciente eran mucho más variadas, y donde Sacks reivindicaba el papel del médico como “narrador”, como alguien capaz de convertir un historial clínico en relato a base de, simplemente, dar relieve a la persona que hay debajo de los síntomas. Dice:

“En el historial clínico riguroso no hay sujeto; los historiales clínicos modernos aluden al sujeto con una frase rápida (‘hembra albina trisómica de 21’) que podría aplicarse igual a una rata que a un ser humano. Para situar de nuevo en el centro al sujeto (el ser humano que se aflige, lucha y padece) hemos de profundizar en un historial clínico hasta hacerlo narración o cuento; solo así tenemos un ‘quién’ además de un ‘qué’, un individuo real, un paciente, en relación con la enfermedad”.3

Desde muy joven, Oliver Sacks comprendió que su destino era ser escritor, tal como nos relata en su autobiografía En movimiento, aunque lo suyo no era la invención, ni la imaginación, ni la fantasía. Ya en las primeras cartas que manda a sus padres cuando viaja por Estados Unidos y Canadá, o en los cuadernos en los que anota sus impresiones, el papel de Oliver Sacks es el de cronista. De ahí que cuando se enfrenta a sus primeros pacientes, surja en él antes el escritor que el médico. El paciente deja de ser un paciente y se convierte en un personaje, es decir, en una persona. Tiene nombre, aunque le ponga un apodo para proteger su intimidad; tiene una presencia en su vida; es alguien con quien interactúa, con quien se relaciona. ¿Curación? ¿Medicina? Bueno, eso ya es otro cantar. Veamos cuál es su postura en relación a la medicina en la Introducción a Despertares:
“Los humanos racionalizamos, disociamos, fingimos: fingimos que la medicina moderna es una ciencia racional, toda ella sustentada en datos, sin absurdos, y que es exactamente lo que parece. Pero no tenemos más que darle un golpecito a esa capa brillante para que se abra de arriba abajo y nos revele sus raíces y sus fundamentos, su viejo corazón sombrío de metafísica, misticismo y magia”.4

El propio Oliver Sacks sufrió numerosas dolencias, y casi todas dieron lugar a un libro. Cuando se rompió una pierna practicando el alpinismo en Noruega escribió Con una sola pierna; 5 redactó y amplió un libro sobre la migraña,6 que él padecía a menudo; en el 2005, perdió la visión en el ojo derecho: el proceso posterior lo narra en Los ojos de la mente; 7 en Alucinaciones 8 cuenta sus experiencias con el LSD; en 1974, relata en Musicofilia, 9 sufrió un episodio de amusia. No, Oliver Sacks no siempre estuvo “bien”. De hecho, leyendo sus libros, uno diría que toda la vida tuvo que adaptarse a cosas que era y quizá hubiera preferido no ser, a circunstancias adversas, a cierta hostilidad gratuita y a más de un achaque, por lo que parece inevitable la pregunta: ¿No será que lo normal es estar mal? ¿No, quizá, demasiado mal, sino solo un poco, un nivel de mal tolerable e incluso pedagógico?

• Un antropólogo en Marte, publicado en 1995, es, sobre todo, un estudio de la identidad. Y la primera que aparece en entredicho en el libro es la del propio Sacks. Al inicio de su prefacio, afirma: “Estoy escribiendo con la mano izquierda, aunque soy irremediablemente diestro. Hace un mes me operaron el hombro derecho, y en este momento no me dejan ni puedo utilizar la mano derecha. Escribo con lentitud y torpeza, pero con más soltura y naturalidad a medida que pasan los días. Me adapto, aprendo continuamente, y no solo a escribir con la mano izquierda, sino también a realizar otras muchas actividades […] Deben de estar ocurriendo algunos cambios en los programas y circuitos de mi cerebro”.10 Lo más llamativo de Un antropólogo en Marte es que nos enfrentamos a una serie de personajes que, en cierto sentido, no han elegido su identidad, sino que esta les ha venido impuesta por su "déficit" o "anomalía", por así decir. El pintor que de repente se queda ciego al color; ese último hippie amnésico por culpa de un tumor cerebral no detectado a tiempo; ese cirujano que padece síndrome de Tourette y vive inmerso en un mundo de tics, a pesar de lo cual es capaz de ejercer y llevar una relación cordial con sus pacientes; Virgil, un ciego de nacimiento que gracias a una operación recupera la vista y de repente descubre que ver no es solo una sensación, sino un prolongado aprendizaje; el asombroso Franco Magnani, que, después de una misteriosa enfermedad, pintaba exclusivamente vistas de Pontito, la pequeña colina toscana donde había nacido y a la que no había regresado en treinta años, con un detalle que iba más allá de lo minucioso; el caso de Stephen Wiltshire, un niño autista capaz de realizar sofisticados dibujos, con gran dominio de la línea y la perspectiva, cuando solo tenía siete años; y sobre todo el caso de Temple Gradin, una mujer que, a pesar de su autismo, era licenciada en zoología, daba clases en la Colorado State University y diseñaba mataderos destinados a que los animales sufrieran lo menos posible durante su último trayecto gracias a la peculiar empatía que establecía con ellos.

Se trata, en todos los casos, de personas a las que podríamos calificar de “enfermas”, solo que, en su caso, el hecho de sufrir una enfermedad cerebral sin duda les incapacita para ciertas cosas, pero les capacita hasta un grado extremo para otras. Quizá nadie escogería ser autista, ni aun con la compensación de ser un gran dibujante o arquitecto, ni a nadie le gustaría llevar una vida dominada por los tics, pero en todos los casos la palabra clave es “adaptación”. Lo que Oliver Sacks nos ofrece son casos extremos de adaptación, y su gran aportación al estudio del hombre es haber sido capaz de hacerlo desde dentro, lejos de la actitud distante del antropólogo clásico o del psicólogo, que siempre se sitúan fuera del hombre, en una posición imposible porque naturalmente, en el fondo, ellos también son hombres. Oliver Sacks fue ese cerebro especial capaz de engranarse con esos otros cerebros especiales gracias a su peculiar personalidad, a una serie de aconteceres que también le obligaron a adaptarse, que le convirtieron en uno más de esa galería de supervivientes de los que nos hablaría largo y tendido en su obra. Porque uno tiene la impresión de que Oliver Sacks, en todos y cada uno de sus relatos clínicos, en todos y cada uno de sus libros, en el fondo siempre nos está hablando de sí mismo.

¿Y quién fue ese “sí mismo” en el caso de Oliver Sacks? Bueno, yo creo que su caso ejemplifica como pocos esa evolución, esa adaptación de la que he hablado anteriormente. Oliver Sacks fue alguien que pasó mucho tiempo dando bandazos, encontrándose y perdiéndose, esperando ser un algo que no acababa de definirse, a veces ni siquiera de esbozarse.

• En El tío Tungsteno11 nos relata que su primera vocación fue la química, algo que respondía probablemente a una precoz curiosidad científica. Su tío Dave, al que apodaban el tío Tungsteno, alimentó su fascinación por la química, una fascinación que duró bastante, hasta los catorce años, momento en que quedó “entendido” que iba a estudiar medicina, pues sus padres eran médicos y sus hermanos estudiaban medicina. Su identidad profesional había quedado establecida casi desde su nacimiento, al igual que su identidad religiosa o social, y uno tiene la impresión de que su voluntad no hubiera influido mucho. En el mismo libro nos habla también de otra experiencia que le marcaría: la violencia escolar. Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, sus padres decidieron evacuar a sus hijos a la seguridad del campo, a Braefield, concretamente. Allí, a una comida escasa y racionada, a la sensación de haber sido abandonados por su familia, Oliver y su hermano Michael vieron añadida la figura de un director sádico y cruel, que les pegaba casi con delectación. Posteriormente, Michael fue enviado a otro colegio, el Clifton College, donde se la maltrató con saña. En el caso de Michael, todo aquello desembocó en una esquizofrenia que le trataron de muchas maneras, y con la que estuvo trampeando toda la vida. Oliver tampoco salió incólume de la experiencia, y en su autobiografía se pregunta si su actitud retraída ante la vida, ese cierto autismo latente en sus relaciones con los demás, ese ser más espectador que protagonista, no obedeció en parte a esos traumáticos años en el internado. Y nos confiesa: “Cuando me marché de Inglaterra, recién cumplidos los veintisiete, fue, entre otras razones, para alejarme de mi trágico, desesperado y mal dirigido hermano. Pero quizá, en otro sentido, también fue un intento de explorar la esquizofrenia y trastornos afines del cerebro-mente en mis propios pacientes, y a mi manera”.12 Quizá si le hubieran pregunta a Oliver Sacks qué pensó de los Estados Unidos cuando llegó por primera vez, habría compartido la opinión de Hannah Arendt cuando le formularon la misma pregunta: “El paraíso”. Cuenta Sacks que: "En Inglaterra uno quedaba clasificado (clase obrera, clase media, clase alta, lo que fuera) en cuanto abría la boca; uno no se relacionaba, no estaba a gusto con gente de clase distinta: un sistema que, aunque implícito, también era tan rígido y tan infranqueable como el sistema de castas de la India. Yo imaginaba que los Estados Unidos era una sociedad sin clases, un lugar donde todo el mundo, sin importar su procedencia, su color, religión, educación o profesión, se relacionaba con los demás en cuanto que semejantes, animales hermanos, un lugar donde un profesor podía hablar con un camionero sin que entre ellos interpusieron las categorías”.13 Y luego estaba su homosexualidad. En Inglaterra era un delito, y muchos lo consideraban una enfermedad.

“Mis padres, en cuanto que médicos, tenían muchos libros de medicina, entre ellos varios sobre ‘patología sexual’, y a los doce años había estado hojeando los volúmenes de Krafft-Ebing, Magnus Hirschfeld y Havelock Ellis. Pero me costaba reconocer que padecía una ‘enfermedad’, que mi identidad se podía reducir a un nombre o un diagnóstico”.14 Cuando su madre se enteró, le espetó: “Eres una abominación”15 y estuvo días sin hablarle. El joven Sacks no tardaría en descubrir que en San Francisco no solo no era un delito, sino que la ciudad, para alguien como él, era, en cierto
modo, un paraíso dentro del otro Paraíso.

• En movimiento es como se titula su biografía de madurez, y pocos títulos parecen tan idóneos. Ese movimiento no se corresponde tan solo a sus idas y venidas por el país, a las dos vidas que encontrará en Estados Unidos, una en San Francisco y otra en Nueva York, ni a sus constantes viajes en busca de paisajes, curiosidades, humanidad, ciencia viva. Es también el movimiento de su mente, de su identidad, de la vida de una mente en constante agitación, a veces náufraga entre tantos intereses, aficiones, trabajos, investigaciones.

A lo largo de toda su existencia, solo una cosa permanecerá inmutable: la escritura. ¿Y qué es la escritura, sino la única expresión comprensible de la vida de la mente? Freud, sin nuestros avances tecnológicos, tuvo que leerla en los relatos de sus pacientes, en sus lapsus, en sus omisiones y tergiversaciones. En su tiempo, la única ventana al cerebro eran las palabras. La escritura es un diálogo permanente con uno mismo, allí donde uno se explica a sí mismo y a los demás. En el caso de Sacks, incluso cuando habla de neurología, la escritura es lo que mantiene anclada al mundo su mente solitaria y siempre “en movimiento”. En las fotos que complementan su autobiografía le vemos escribiendo en
lugares insospechados. Y su escritura no solo bebe de numerosos pensadores y científicos, sino también de dos poetas fascinantes: Auden, uno de sus primeros fans; y Thom Gunn, como él, otro incansable creador que le proporcionará el título de su autobiografía: “En el peor de los casos, estás en movimiento; en el mejor/ no llegas a ningún absoluto en el que descansar,/ siempre estás más cerca si no te detienes”.16 La mente no se detiene, y con ella, tampoco la escritura. Pero ahora debo desmentir esta última frase, porque todo acaba con la muerte. Todos conocemos ya el final de este relato, de esta historia llena de búsquedas, incertidumbres, curiosidades y pasiones que fue la vida de Oliver Sacks, y de la que ahora podemos afirmar, creo que ya con bastante certeza, que fue una buena vida. No por su éxito como divulgador, ni por su fama ni reconocimiento público, sino porque, en sus últimos días, el autor y protagonista de esa vida la dio por buena.

Nadie más que nosotros puede juzgar nuestra vida. Tanto dan los elogios, enconos y vituperios. Al final, cada uno muere con su propia vida, y es su impresión final la que cuenta. Tras la muerte de Oliver Sacks, apareció un breve volumen que reúne cuatro breves ensayos escritos en los dos últimos años de su vida. El título del volumen es revelador: Gratitud.

• Gratitud, porque eso, y no otra cosa, es lo que rezuman sus páginas. Gratitud por la vida, por las amistades, por los días buenos y malos, por haber sido, en el fondo, un privilegiado, por haber rebasado los ochenta aún capaz y con la mente clara. Así escribía al cumplir los ochenta: “No considero la vejez una época cada vez más sórdida que uno tiene que soportar e ir trampeando como puede, sino una época de ocio y libertad, en la que te ves emancipado de las artificiosas urgencias de años anteriores, y esa libertad me permite explorar cuanto se me antoja, e integrar los pensamientos y sentimientos de toda una vida. Estoy impaciente por cumplir los 80”. 17 Probablemente la vida de la mente de Oliver Sacks fue mucho más problemática y compleja que la de muchos de nosotros; quizá las diferentes evoluciones y adaptaciones que crean la singularidad de nuestros circuitos neuronales le permitieron abordar el problema del cerebro-mente de una manera única e intransferible, y convertirse en un perfecto puente entre la ciencia pura y dura y el relato de esa ciencia para el gran público, para todos los que queremos comprenderla; sin duda, eso dio sentido a su vida y le permitió crear o revivir un género literario que permanecía apolillado en los armarios del siglo XIX: el relato clínico. Solo por eso ya le damos las gracias, le expresamos esa gratitud con la que él mismo se despidió de la vida, de sus seres queridos y de nosotros, sus lectores:

“Cuando alguien muere, no se le puede reemplazar. Deja un agujero que no se puede llenar, pues el destino –el destino genético y nervioso– de cada ser humano consiste en ser un individuo único, en encontrar su propio camino, vivir su propia vida, enfrentarse a su propia muerte. No voy a fingir que no estoy asustado. Pero mi sentimiento predominante es el de gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído y viajado, he pensado y escrito. He mantenido un diálogo con el mundo, ese diálogo especial que mantienen los escritores y los lectores. Por encima de todo, he sido un ser sintiente, un animal pensante en este hermoso planeta, y eso, en sí mismo, ha sido ya un enorme privilegio y una aventura”.18

1 Despertares. Trad. de José Manuel Álvarez Flórez. Muchnik, Barcelona, 1988.
2 Despertares, pág. 28
3 El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Trad. de José Manuel Álvarez Flórez. Muchnik, Barcelona, pág. 12.
4 Despertares, pág. 36.
5 Con una sola pierna. Trad. de José Manuel Álvarez Flórez. Anagrama, Barcelona, 2006.
6 Migraña. Trad. de Gustavo Dessal y Damià Alou. Anagrama, Barcelona, 2006.
7 Los ojos de la mente. Trad. de Damià Alou. Anagrama, Barcelona, 2011.
8 Alucinaciones. Trad. de Damià Alou. Anagrama, Barcelona, 2013.
9 Musicofilia. Trad. de Damià Alou. Anagrama, 2009.
10 Un antropólogo en Marte. Traducción de Damià Alou. Anagrama, Barcelona,1995, pág. 15.
11 El tío Tungsteno. Trad. de Damià Alou. Anagrama, Barcelona, 2001.
12 En movimiento. Trad. de Damià Alou. Anagrama, Barcelona, 2015, pág. 78.
13 En movimiento, pág. 85.
14 Ibid., 19.
15 Ibid., 19
16 Ibid., 313.
17 Gratitud. Trad. de Damià Alou. Anagrama, Barcelona, 2016, pág. 23
18 Ibid., 31-32.

Damià Alou es escritor, traductor y profesor de traducción en la Universidad Pompeu Fabra.


Articulo: www.elboomeran.com 19/12/2016

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