mardi 27 décembre 2016

2016: CELA, 100 años de vanguardia

Especial 
CELA, 100 años de vanguardia
Por EL CULTURAL

"Un escritor asombroso y audacísimo, dueño de un proyecto narrativo desarrollado a lo largo de seis décadas con una constancia, un rigor y una exigencia sin parangón en la tradición española". 

En uno de los artículos de este especial por los cien años de Cela, Ignacio Echevarría reclama para el escritor una memoria a la altura de la complejidad de su obra. Lo precede la evocación personal de Anson, al estilo Cela, y un texto perdido (y hallado en el archivo de Hans Meinke) del propio escritor que, aunque leído en 1986 en su Padrón natal, tiene el aroma de una hermosa despedida. Cuatro novelistas de altura, muy diferentes entre sí, completan este dossier abiertamente celebratorio, reivindicativo: Ray Loriga, Gonzalo Torné, Francisco Ferrer Lerín y el chileno Rafael Gumucio. Y de regalo, unas señoras inéditas y desnudas, coronadas de flores, que el inimitable escritor gallego dibujó, y quiso ver editadas algún día.

***
Al estilo CELA
Por Luis María ANSON

-"Camilo José, ¿tú crees que duele mucho que a uno le trinchen los huevos?"
-Depende, Anson, depende, claro que un poco menos si es en una novela de la Pardo Bazán.
-A tu amiga Ofelia, su marido Fabián la trataba mal y un día que el caldo de rabizas le salió salado, la sentó sobre la cocina económica que estaba al rojo, la escaldó la conacha y tuvieron que llevarla al ambulatorio... ¿te acuerdas, Camilo José, si le quedó alguna señal?
-No creo, era muy ruda y sabía tratar la caña amarga macerada en suero de leche de cabra que sirve para sanar la comezón del miembro viril y se le da también a los gilipollas.
-La yubarta, como todo el mundo sabe, querido Camilo José, no es el rorcual sino la ballena jorobada. El último de siete hermanos es lucumón y se vuelve lobo en ocasiones, la cantárida reducida a polvo endurece la pirola y se sumerge en las aguas del infierno, y tú, Camilo José, ¿crees en el infierno?
-Qué cosas preguntas Anson. Claro que creo, para los enemigos, sí.
-¿Y tetelo? ¿Crees que es malo ser tetelo?
- A mí me caen simpáticos los tetelos. Salustiano tenía el carallo descomunal. Y además salomónico y su monja Sor María le dice manechos a los zurdos, pero los chepas son muy escurridizos porque tienen el alma untada con baba de caracol como aquel Porcellán que se pegó un tiro en la boca. El pobre leía Babelia todas las semanas.
- Y los negros ¿qué te parecen, Camilo José, mejor o peor que los chepas?
-Que huelen espeso y dulce como el mazapán. A Miliña Valcarce le gustaban. Miliña tenía los ojos más hondos y bellos del mundo, de color violeta, las tetas más turgentes y veladamente misteriosas.
-Etelrina, tu prima puta, querido Camilo José, era un invento tuyo, ni era puta ni prima. No existía. Admiraba, eso sí, a los benedictinos que cantan gregoriano, sachan la tierra y hacen licores, ameirón es el nombre gallego de un crustáceo, ¿lo has probado alguna vez?
-Claro que no. Allí le decimos bálano.
- Hablas mucho de una yerba mágica que se llama correola, ¿para qué sirve?
- Menos tú, querido Anson, lo sabe todo el mundo. Corta de raíz la currencia de quien se zurrasca por la pierna abajo contra su voluntad.
-¿Es verdad, Camilo José, que ahuyentas al diablo encendiéndole una vela a San Pito Pato?
-Pues claro, es uno de los pilares de España, junto a los otros tres: el cristianismo guerreando, los moros cultivando la tierra y los judíos comerciando.
-Y de política, qué, Camilo José.
-Pues que es necesario hacer la señal de la cruz sobre la ceniza de la Cereira porque se espantan los trasgos y se ahuyenta la desgracia. Mi amigo el sacristán Celso Temborio, ese sí que sabe, laña castañetas y fríe las gaviotas del PP.
-Camilo José, te apuesto un ochenta de lacón a que estás dispuesto a capar a quien te pise la sombra.
-Pues claro. Me he dedicado toda la vida a dejar jodidos y bien jodidos a los hacedores de bestsellers y otras galas montalbanas o figueroas. Pero fue Moncho Méndez el que se encaró con Juanito Jurick de Dublín porque le había pisado la sombra y como era el hombre de la esquina rosada se sacó la navaja de tres estallos y carneó al dublinés, rebanándole los huevos con alevosía, aunque peor fue lo de Rosa Bugaijido que se suicidó tirándose del acantilado del cabo Vilán y sus sesos se quedaron pegados a los percebes de la bajamar y esos eran los percebes que Ussía le hacía comer a mi amigo Don Juan que jugaba al mús como Dios y al que de infante le obligaron a leer al padre Coloma, y la verdad, querido Anson, para ese menester mejor dedicarse a criar arolas y comechos, zamburiñas y croques porque el reverso de la belleza es la miseria.
- No sé, Camilo José, si entiendes bien alguna de tus novelas y mucho menos el cuadro abstracto de Madera de boj.
- No digas pampiroladas, amigo Anson, y pregúntaselo a Marina que es la que sabe de eso.

Camilo José, en fin, ahora que se cumple su centenario, debió hablar de madera de sándalo en lugar de madera de boj, porque el boj no arde y el sándalo se utiliza en Oriente para incinerar a los muertos. La literatura española es hoy una cripta donde los cadáveres se descomponen entre incesantes rumores.

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Testamento de Padrón
Por Camilo José CELA

Las aguas vuelven siempre a sus cauces y los hombres, salvo en casos de muy amargo tropiezo, retornan siempre a la querencia del paisaje que los vio nacer. Es muy difícil ser constantemente el mismo hombre, nos decía el prudente Séneca, y el hombre, al asomarse al amargo barandal de la vejez, busca con ansia su raíz de niño y regresa a los remotos e inocentes lares de sus primeros pasos. Son tan crueles como ciertas las palabras de Shakespeare: maduramos y maduramos de hora en hora, para luego, de hora en hora también, pudrirnos y pudrirnos hasta que se acaba el cuento.

Estoy cumpliendo los setenta años, ¡quién me lo había de decir!; estoy quizá contenidamente emocionado y quisiera pronunciar ante ustedes, a quienes pongo por testigos de mi verdad, unas breves palabras prudentes, unas palabras que expresaré en siete parágrafos muy concretos para que nadie pueda albergar la menor duda de cuanto digo. Recuérdese que el siete es uno de los números mágicos, que siete son los dioses de la mitología griega, los metales que maneja el alquimista, los ángeles y las hermandades de quienes nos hablan las Sagradas Escrituras, los días de la semana, los pecados capitales, las virtudes que les sirven de antídoto o de goma de borrar y los años que llora el amante al amor perdido. También cada siete años se dice que cambia la suerte de las personas, el delicado color de los ojos de las almas y el ritmo del latir del corazón, nadie sabe si para bien o para mal.

Vuelvo a la tierra de la que no estuve nunca ausente. Séneca, otra vez Séneca, el jamás agotado, nos enseña que el primer acuerdo entre el amor y la razón es el sentir la ausencia y no manifestarla. Para Verlaine la ausencia es el infierno, y Teófilo Gautier recuerda dos cosas a los desmemoriados: que todo parece más hermoso cuando se ve a distancia y que las cosas cobran un relieve especial si se observan en la cá mara del recuerdo.

Retorno ahora, tampoco con mayores prisas, a la tierra en la que tuve la fortuna de nacer y me pregunto: ¿Cuántos gallegos hay rodando por el mundo abajo? ¿De quién es la culpa de que esto sea así: de los gallegos de Galicia o de los gallegos de la diáspora? ¿No deberíamos buscar la responsabilidad del hecho en nuestras caducas estructuras sociales y políticas? ¿Es admisible el dar por buena la falacia de que el gallego emigra por afán de aventura? ¿Por qué no se nos cae la cara de verguenza ante el doloroso e incesante espectáculo de la exportación de hombres y mujeres que a la fuerza se desgajan de su patria? No es mi papel el dar respuesta a las preguntas que quedan enunciadas e invito a los políticos a que trabajen con acendrado ahínco en pro de la solución de estos problemas pendientes. Mi reino no es de este mundo como no lo es el de ningún escritor, y cumplo con mi conciencia al denunciar las situaciones que a otros compete enderezar. El escritor -o el intelectual, haciendo más latos el concepto y su ámbito- puede y debe ser el guía del político pero jamás su estela. Y no me extiendo en mayores consideraciones porque no soy político y conozco bien las lindes de mi función en este bajo mundo. Y observen todos ustedes que ni siquiera aludo a las anestesias al uso y a las diversiones estratégicas. Quienes trabajamos con una herramienta tan huidiza como la palabra, eso que bien mirado no es más cosa que el latido del aire, sabemos de sobra cuántos peligros encierra el jugar con la traidora pólvora de los conceptos y las nociones, de las ideas y los sentimientos.

También quisiera aludir a lo que considero mi deber: la devolución a mi país de todo lo mucho que mi país me dio. Entiendo la función social de la propiedad y creo en las bibliotecas, en las aulas y en la cultura, ese motor de los pueblos que separa la prosperidad de la miseria. Para ello, para devolver a Galicia lo que no tengo sino prestado, estoy tratando de poner en marcha y buen funcionamiento la fundación que llevará mi nombre en Iria Flavia y que quisiera ver nacer antes de que mi muerte pudiera dar al traste con los buenos propósitos y antes también de que el inclemente viento de la historia de cada cual pudiera esparcir mis papeles por el mundo adelante. Está muy lejos de mi ánimo la pretensión de querer compararme con nadie, claro es, pero pienso que deberíamos sentirnos muy afortunados si hubiéramos sabido guardar lo que las circunstancias desbarataron: los originales y los recuerdos de esas cumbres de la literatura que se llamaron Rosalía de Castro, doña Emilia Pardo Bazán y don Ramón del Valle Inclán, que con tres botones de muestra tiene ya pábulo bastante nuestro dolor.

Juguemos los gallegos a sumar y no a restar y pensemos siempre que todo lo nuestro, absolutamente todo lo nuestro, es inabdicable, inalienable e insustituible; si una piedra se nos cae, apresurémonos a levantarla antes de que la barra el olvido de los más inmediatos rincones de la memoria. Y, pase lo que pasare, no olvidemos dos cosas: que Galicia no será grande hasta que todos los gallegos, de común acuerdo, nos propongamos engrandecerla y que es mucho más fácil engendrar un vivo que resucitar un muerto.

De la mano viene el que en este momento agradezca las presencias tanto como pruebe a disculpar las ausencias, que sé bien que se producen, no más que por mera razón de fatalidad. La vida empuja y una larga vida, decía San Agustín -y la mía empieza a ser ya no corta-, no es sino un largo tormento. La presencia es el gozo de lo inmediato y presente, eso que para Goethe era una poderosa divinidad y, por el camino contrario, la ausencia puede ser el zaguán del amor y el alambique en el que se destilan las pasiones.

Entre las gozosas presencias que hoy me reconfortan están las de todos mis hermanos vivos y las de quienes, hacia los lados o hacia adelante, ven correr por sus venas mi misma sangre. Que Dios les premie su caridad y en este mismo momento pensemos, con Voltaire, que si Dios no existiera, sería necesario inventarlo.

Y tan sólo dos últimos puntos me toca glosar ante ustedes. En Iria podrán residir la paz y la cultura frente a la colegiata de Adina, el escenario en que San Pedro de Nezonzo cantó la Salve recién inventada por su fe antigua. Ruego a los señores de la Xunta de Galicia y a todos quienes tengan autoridad bastante y fuerza suficiente, que sepan entender lo que vengo diciendo. Y agradezco a mis paisanos irienses, esos buenos corazones que trabajaron siempre con ahínco, les agradezco -repito- su buena disposición para que entre todos podamos hacer de nuestra aldea un foco de sabiduría y un lago de felicidad. Yo doy lo que tengo y nada pido sino es amistad, comprensión y buen deseo. Ya me pasó el tiempo de aspirar a nada, y tampoco aspiro a nada que no haya conseguido ya. La paz la tengo y quiero conservar la paz; por eso vuelvo a Iria, entre los míos. La paz del espíritu consiste en no esperar nada, dice un proverbio árabe. ¿Qué mayor aspiración puede tener un hombre en el umbral de su vejez que el sentirse mecido por la paz? Antístenes, el discípulo de Gorgias y de Sócrates, sabía que la paz no se agazapa entre el oro sino bajo el emparrado que da sombra y uvas y regala silencio y bienestar.

Frente a la casa en la que sueño encerrar todo cuando quisiera ofrecer a Galicia, está el cementerio en el que yacen los restos de quienes estuvieron hechos de mi misma carne perecedera. Hace algún tiempo dejé escrito que, cuando llegara el momento, mi cadáver fuera incinerado y las cenizas arrojadas a la mar desde la borda de un barco que navegara, a no menos de cinco millas de la costa, entre el cabo de Fisterra y el de Touriñán. Encargaba de la maniobra a mi hijo y, si él no pudiere o no quisiere llevarla a fin, disponía que se le diese un millón de duros a un marinero gallego, cincuentón y tuerto (cuenca vacía), manco (amputado) o cojo (amputado), por este orden, para que diese cumplimiento a mi voluntad.

Rectifico lo dicho entonces y declaro públicamente mi mejor deseo de fundirme con la tierra en el camposanto que rodea la antigua colegiata en la que fui bautizado. Pido respetuosamente a mi arzobispo que entienda el ruego que le expresé no ha mucho y mando a todos cuantos me oyeren o leyeren, que si mis restos llegan a descansar en Iria, tal como sería mi mejor deseo, allí los dejen para siempre y hasta el día del Juicio Final porque también siempre me dieron grima el funerario trajín, la oratoria funeraria y el funerario folclore.

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CELA para rato
Por Ignacio ECHEVARRIA

Si se admite que la admiración que uno profesa a un escritor puede tener una dimensión heroica, entonces mi recalcitrante admiración por Cela constituye, con toda certeza, mi más grande heroísmo como lector. 

Ustedes no saben lo que es soportar durante décadas los desdenes, los bufidos, las arremetidas contra Cela de tantos escritores a los que uno también admira, sin duda con más consenso, acaso con más deliberación, hasta puede que con más fundamento.
-¿Y con más convicción?
-No, con más convicción no.

Sostener cosas como que Cela es, sin lugar a dudas, uno de los grandes escritores del siglo XX, o aplaudir que se le concediera un merecidísimo premio Nobel ha producido, en siempre ocasionales conversaciones literarias, el pasmo de no pocos de mis interlocutores, que enseguida han cambiado de tema, convencidos de que había sucumbido a un arrebato de esnobismo o que me animaba el espíritu de la provocación.

Y qué podía yo hacerle. Ni siquiera mis propias manifestaciones públicas avalaban esa querencia. Dedicándome al reseñismo crítico, me correspondió ocuparme de Cela en varias ocasiones, y en casi ninguna pude ejercer otra cosa que una reticente indulgencia. Fue con motivo de reseñar Memorias, entendimientos y voluntades (1993) -un desganado libro de recuerdos, continuador de La rosa (1959)- y luego La cruz de San Andrés (1994), la novela con la que Cela obtuvo, a toda prisa, el premio Planeta. Mucho después, en 2001, me correspondió meter la cuchara en el penoso y demencial asunto del plagio por el que fue denunciado Cela a causa de esa novela. Y, por si fuera poco, semanas después de su muerte, hube de reseñar el infame libro que Francisco Umbral dedicó a su venerado maestro: Cela: un cadáver exquisito (2002).

Por esas fechas me pidieron que escribiera un perfil de él. Llamé entonces la atención sobre el hecho de que, al filo del cambio de milenio -Cela aún vivo y recién publicada Madera de boj, su última obra maestra-, la inmensa mayoría de los españoles -los mismos que compraban rutinariamente sus libros para regalarlos o para almacenarlos, sin apenas abrirlos, en los anaqueles de sus casas- lo conocían ya de la escuela, donde seguramente les impusieron la lectura de La familia de Pascual Duarte (1942) o Viaje a la Alcarria (1948). Así sigue siendo entre lectores que cuentan ahora más de sesenta, setenta años. Cela parecía haber estado siempre ahí, como el retrato de la reina en la Inglaterra isabelina o el de Francisco José en el viejo imperio austrohúngaro. Como los crucifijos y los retratos de Franco y José Antonio en las aulas de la postguerra. Siempre ahí. Y no como una figura remota o venerablemente recogida, sino infestando los medios con todo tipo de apariciones, ocupando las páginas de la prensa del corazón, dando entrevistas en los magazines televisivos, algunas tan sonadas como esa de Mercedes Milá, en 1982, en la que se jactaba de poder absorber hasta litro y medio de agua por vía rectal, de una sola succión. Eso sí, el agua debía estar templada.

Cómo podía convencer yo a mis aprensivos interlocutores de que ese “tentetieso de barraca de feria”, de que esa encarnación de lo más soez, brutal, escatológico y machista de la España carpetovetónica era, al mismo tiempo, un escritor asombroso y audacísimo, dueño de un proyecto narrativo desarrollado a lo largo de seis décadas con una constancia, un rigor, una exigencia sin casi parangón en la tradición española.

A pulso se ganó Cela ser ignorado, cuando no execrado, por tantos de sus contemporáneos. Como dice Sándor Márai en sus memorias, “los que avanzan juntos en el tiempo en una misma dirección, de alguna manera nunca se conocen: un contemporáneo no tiene rostro histórico”.

Lo malo es que Cela sí lo tenía, un rostro de caballo desabrido que se prodigaba por doquier, ávido de reconocimientos, desinhibido, socarrón, muy dado a escandalizar con boutades proferidas con lacónica e intimidante contundencia, la voz profunda, severa.

Pero dejemos de lado al figurón y centrémonos de una vez en los alcances de una obra que en absoluto ensombrecen los claroscuros de su autor. Apenas catorce novelas de mediana extensión en sesenta años: el dato es elocuente de la parsimonia, de la seriedad, de la fruición y la paciente tejeduría con que Cela, tan prolífico en otros terrenos, enfrentó el arte novelístico, sobre todo a partir de La colmena (1951), novela decisiva para los derroteros de la narrativa española. Este título inicia una prodigiosa secuencia que se prolonga con San Camilo, 1936 (1969), Mazurca para dos muertos (1983) y Cristo versus Arizona (1988), y a la que sirve de colofón Madera de boj (1999). En una especie de vía muerta quedaría Oficio de tinieblas, 5 (1973). Y, aparte el inaugural Pascual Duarte, seis novelas más que ni cuestionan ni acrecientan la reputación de Cela, dueño entretanto de un estilo peculiarísimo, increíblemente abigarrado y dúctil, transido de humor, de vulgaridad, de sexo, de violencia, de disparate, por encima de todo lo cual destellan relámpagos de intenso, desconcertante lirismo. Una prosa de naturaleza colmenar, extraordinariamente afinada para la captación de los registros del habla, que encubre una amplísima cultura y un gran refinamiento, y en la que se disuelven todas las categorías de la novela tradicional: narrador, argumento, personajes...

Como sugerí en su día, el correlato plástico de una escritura así serían las abarrotadas escenas populares de Brueghel el Viejo, minuciosas y sensuales, en las que, distrayendo la anécdota principal, centenares de personajes reclaman para sí la atención del espectador. Sólo un complicado y sutil entramado, casi inapreciable de lejos, permite a Cela atrapar con maestría creciente, como en una tela de araña, la concurrida fauna de sus criaturas, organizándolas en su muy particular visión de la condición humana, a un tiempo cordial y fatalista. Pues, como él mismo dijo, “hay una ley de la nostalgia geométrica, la verdad es que no es demasiado conocida, que gobierna el caos; su clave es muy difícil pero existe, ¡vaya si existe!”. Y Cela poseía esa clave, vaya si la poseía.

Se me ocurren pocos paralelos de una operación tan laboriosa y delicada como la que acomete Cela en sus novelas. Sin nada que ver con él, pienso en el cubismo lírico de Antonio Lobo Antunes, en los impasibles inventarios de David Markson, en algunas telas de Jackson Pollock. Referencias que apuntan a sugerir que, lejos de lo que tantos piensan, la narrativa de Cela se sitúa en un frente de experimentalismo y de vanguardia en el que muy pocos han perseverado como él ni han llegado tan lejos. Una perspectiva ésta que, por cierto, obliga a reconsiderar a fondo el fosilizado relato acerca de la narrativa española de la segunda mitad del siglo XX. En el marco de ésta, el muy conspicuo Cela -un escritor muchísimo menos accesible que, por ejemplo, Miguel Delibes- genera un campo de influencias y de tensiones muy difícil de dibujar, cuyo polo antagónico probablemente sea Juan Benet, con quien coincide, significativamente, en su determinación de abordar el asunto de la Guerra Civil, cuyo tratamiento por parte de uno y otro desvelaría, confrontados en profundidad, aleccionadoras afinidades.

Como sea, de la complejidad y del magnetismo de ese campo de tensiones a que aludo sería testimonio elocuente la atracción que Cela ha ejercido entre algunos “raros” de la literatura española, y el ascendente que ha venido ganando entre los novelistas de las últimas generaciones, de todas las tendencias.

En estas páginas se han reunido para homenajear a Cela cuatro autores de calibre -tres españoles y un chileno- que no comparten otro rasgo que el de estar libres como pocos de toda sospecha de tradicionalismo y de espíritu garbancero. Tanto más contundente es el efecto de sus respectivos testimonios, que demuestran el alcance de un magisterio tan amplio como difuso y, por eso mismo, más que probablemente duradero.

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CJC, una deuda
Por Francisco FERRER LERÍN

Inicié mi guadianesca carrera literaria gracias a un ruido nocturno en la cabeza que imprimió ritmo y melodía a mis escritos, entonces sólo poéticos. Y fueron tres los autores que apuntalaron ese inicio: Camilo José Cela, Ana María Matute y Saint-John Perse; los dos primeros descubiertos en la biblioteca paterna y, el tercero, fruto de mis prospecciones en librerías barcelonesas. 

Matute aportó ternurismo, identificación con la infancia y una visión nostálgica de la naturaleza, que resultaron materiales válidos en mis balbuceos poéticos. Perse fue el resplandor, el descubrimiento del versículo, del inventario como manera distinta de fabricar un poema. Pero Cela fue otra cosa, fue el polígrafo al que no llegué a conocer personalmente pero con quien mantuve una comunión constante, una intrincada red de confluencias.

La familia de Pascual Duarte, en su primera edición, la de Aldecoa de 1942, y Del Miño al Bidasoa, en su tercera, la de Noguer de 1961, me confirmaron que la pasión léxica, toponímica y onomástica era una disciplina que podía ser plasmada sobre el papel, incorporada a una narración, circunstancia que contrastaba con lo que habían sido hasta ese momento mis incursiones en ese campo: los domingos por la tarde encerrado con mi abuelo materno en su despacho leyendo en voz alta, a menudo entre grandes carcajadas, las esquelas del diario La Vanguardia; documentos que permitían comprobar que los segundos apellidos de los muertos no existían en la realidad, que nadie es capaz de llevar en vida rótulos tan sorprendentes. En 1971, animado por mi editor, el poeta Joaquín Marco Revilla, escribí el prologuillo de La familia de Pascual Duarte, uno de los volúmenes de la popular Biblioteca General Salvat.

Encontré, en el infierno de la biblioteca familiar, La insólita y gloriosa hazaña del cipote de Archidona, opúsculo de evidente mal gusto del que sólo me interesó el gráfico en el que se muestra la trayectoria aérea del licor eyaculado por un joven tras los certeros manoseos de su novia en el cine de dicha localidad malagueña. En cambio, el primer tomo del Diccionario secreto, publicado en 1969 en Alfaguara, la editorial que fundara el propio Cela, supuso un nuevo hito en el apartado de nuestras coincidencias e intersecciones. “Serie Coleo, -onis”, el título del primer capítulo, recoge voces derivadas del término latino, que se amplifican con suculentos ejemplos. Uno de ellos dice: “Fuera del ámbito del castellano, en la geografía gallega, se encuentra Lavacolla, designando dos entidades de población y, también, un río en el que los peregrinos medievales se lavaban los cojones antes de postrarse ante el apóstol. Pues bien, en 2010, tras volar desde Madrid y aterrizar en el aeropuerto de Santiago, llamado Aeropuerto de Lavacolla, recorrí, con unos amigos pontevedreses, los últimos quilómetros del Camino de Santiago, en sentido inverso. Al llegar al punto en el que el Camino vadea el río Lavacolla, sorprendimos a una señora francesa en plena acción sustitutoria del glorioso bidé”.

En 1956 Camilo José Cela, con el apoyo de José Manuel Caballero Bonald, crea Papeles de Son Armadans, una revista literaria hoy fundamental para la comprensión de lo que se estaba gestando en España. La revista acoge, durante los 23 años en que se publica, tanto a autores consagrados como a autores noveles. Y cuando el escritor y pintor postista Antonio Fernández Molina, en 1965, como secretario de redacción, me invita a mí y a otros jóvenes turcos a publicar en ella, Cela refrenda sin fisuras la arriesgada invitación y, de hecho, agradece por carta cada una de nuestras colaboraciones. También, en esos años, vive en Mallorca, donde se edita Papeles de Son Armadans, el artista plástico y escritor Antonio Beneyto, que establece una sólida amistad con Cela y decora con sus dibujos en color las guardas y portadas de los libros que Cela le dedica. Ahora, en 2015, la editorial barcelonesa S.D. Edicions, capitaneada por María Luisa Samaranch, publica el libro Sa Ximbomba, en el que se reproducen de forma impecable dichas ilustraciones, acompañándolas por sagaces comentarios del arquitecto y poeta Francesc Cornadó y un prólogo de Jorge Cela Trulock. Ya, para cerrar (por ahora) el círculo, decir que Samaranch publicará en la misma colección, bajo el título de Edad del insecto, una selección de mis primeros textos, los que se nutrieron de la contundencia verbal del que sería marqués de Iria Flavia.

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Hacia Arizona
Por Ray LORIGA

Yo también quería ser escritor, desde crío, pero no sabía muy bien cómo empezar, había leído algunos libros, y el Quijote, claro, y uno de Henry Miller en el que estaban todo el rato dándole, o hablando de darle al tema, y jugaba al futbol, pero me faltaba fuelle y a poco que corría me cansaba y me tenía que poner a reposar hasta la jugada siguiente y en los corners me cubría yo sólo porque me daba miedo saltar de cabeza, bueno, saltar no, me daba miedo el balonazo en la cabeza, porque la pelota era de cuero de las viejas y se empapaba cuando llovía y pesaba un chingo, y cuando no llovía también era dura y quemaba, así que leía libros cuando me cansaba de jugar al futbol, o cuando me cansaba de ir con los amigos, o de estar solo andando por el barrio, y leía los libros del colegio y luego otros y cuando se acabó el colegio empecé a pensar en ser escritor, lo que era de locos porque tampoco había leído tanto, así que leí más, unos buenos y otros malos, casi todos buenos porque cuando leía uno que me gustaba me fijaba en qué escritores le gustaban a quien fuera que lo hubiese escrito y así unos iban tirando de los otros, leía rusos y americanos, del norte del centro y del sur, y franceses y japoneses y alemanes e ingleses, y de antes y de ahora, es decir de entonces, y a hombres y mujeres, aunque un año me dio por leer sólo mujeres para ver si se diferenciaban en algo, pero las buenas eran igual de buenas, así que no noté nada raro, y además se me coló Evelyn Waugh, porque el libro venía sin foto y normalmente no miraba la biografía hasta terminar la novela, el caso es que leí primero Los Seres Queridos y me encantó, así que me leí todo lo demás y me gusto muchísimo, y en eso andaba, leyendo en el trabajo y de ida y de vuelta al trabajo, cuando me fui acordando de que desde crío había querido ser escritor aunque sin saber muy bien por qué y, con una de esas caras muy serias que pone uno cuando ya no es un crío pero aún no es un hombre, tomé la absurda determinación de tomar cartas en el asunto y me compré un paquete de doscientos folios y un par de bolígrafos y escribí una novela que debía de ser buenísima pero que nunca pude leer porque tenía una letra muy mala y no se entendía nada, lo cual no impidió que le fuese contando a todo el mundo que estaba escribiendo una novela y que de hecho la llevase siempre encima, es decir, bajo el brazo, por si alguien se atrevía a dudarlo, aunque en realidad exagero, no conocía a casi nadie en aquella época fuera del trabajo, y a los del trabajo no podía importarles menos si escribía o hacía piragüismo, para el caso, así que nadie me preguntó nunca nada y los folios se fueron arrugando hasta que un buen día los tiré y después de ahorrar un poco me compre una Olivetti portátil y un paquete de quinientos folios, para poder descartar unos trescientos, y me dispuse, esta vez de manera falsamente profesional, a escribir una novela de verdad, y me di cuenta enseguida de que no tenía ni la más remota idea de cómo empezar y en eso me compré el nuevo libro de Camilo José Cela, del que ya había leído La Colmena y La Familia de Pascual Duarte, que me habían encantado, y creo recordar que también Mrs Caldwell Habla con su Hijo y Oficio de Tinieblas 5 y hasta San Camilo 36, si no me confundo de época, el caso es que en 1988 compré Cristo Versus Arizona y me gustó tanto que me la leí dos o tres veces y después sin tener que mirarla siquiera me puse a escribir encima mi propio libro, y cuando digo encima no me refiero a que copiase nada concreto, ni a que pasase en Tombstone, ni a que tuviese nada que ver, sino a que me quedé con el sonido en la cabeza y empecé a contar mis propias cosas, y creo que es por eso por lo que siempre que pienso en Cela sonrío para adentro la mar de agradecido, porque sin él no hubiese tenido carrera, ni vida, ni nada, y es por eso también, y precisamente, por lo que este texto de tardío pero sincero homenaje sólo tiene un punto, al final.

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El indiano
Por Rafael GUMUCIO

Pocas cosas pueden restituir el placer adolescente de leer libros que no entiendes. No hablo de libros como La crítica de la razón pura, Ser y tiempo o El capital, que sientes que te quedan grandes, sino de esos otros libros, íntimos, secretos, como las cartas de un vecino que tuviste la suerte de poder abrir sin su permiso, en que los incidentes y los nombres te son extraños pero que lees quizás por eso mismo, por el placer raro de entrar en una intimidad que no es tuya. Ése era el tipo de placer que sentí al leer en una sola tarde interminable Mazurca para dos muertos, en Santiago de Chile, allá por los primero años de la década de los noventa.

No recuerdo ni la trama, ni los personajes del libro. Recuerdo que había sexo, y muertes, y más sexo y más muertes entre lluvia y nombre de gente que pasaba por la novela dejando detrás de ellos una estela de palabras que no conocía y que sabía que no encontraría en el diccionario. Escrito todo en castellano que era casi gallego, o en un gallego que era casi castellano. Esa lengua aproximada, esa lengua entre medio de otra lengua que hacía que comprendiera menos de la mitad de lo que ahí se decía, en vez de alejarme del libro, me acercó milagrosamente a él.

Nunca he estado en Galicia y no manejo ni los rudimientos de ese idioma, pero ese lenguaje, misteriosamente, me resultaba más cercano que el español supuestamente más neutral que usaban los otros escritores peninsulares. El español de las novelas españolas me resultaba siempre distante, sonajero, escrito hasta cuando quiere parecer oral. Mazurca para dos muertos me resultaba realmente escuchada más que redactada. Su forma de decir tenía, ahora que lo pienso, mucho que ver con la forma en que hablan los chilotes, los habitantes de esa isla del sur de Chile, refugio de españoles, gallegos sobre todo, cuando el resto del país se independizó. Isla de trasgos, que se llaman allá traukos, y barcos con tripulaciones de fantasmas, que se llaman allá kaleúches, y sirenas que se llaman allá pincoyas. Un mundo en que las cosas se cuentan mientras al mismo se callan, donde la calma perfecta del paisaje es interrumpida de pronto por dos amigos que le cortan el brazo a un tercero en un paradero de autobús para que queden así saldadas sus deudas. Eso contado por la víctima o los victimarios sin culpas ni explicaciones sociológicas ni psicológicas. La forma de contar las cosas de Mazurca para dos muertos (o antes La familia de Pascual Duarte). Novelas indudablemente españolas que podían, ajustando sólo detalles y vocabularios, ser perfectamente chilenas, peruanas, bolivianas.

Acostado en mi cama de veinteañero leyendo Mazurca para dos muertos, no conocía aún al marques de Iria Flavia, ni al señor que explicaba en la televisión cómo podía absorber por el ano un litro de agua. No conocía al censor de Franco que era al mismo tiempo el eminente censurado del régimen. Leyendo su libro simplemente podía adivinar que esa excentricidad más o menos oficial era su forma de esconder la naturaleza profundamente periférica de su prosa, que evita como el diablo el vicio tan español de señalarte cada dos páginas quiénes son los buenos y quiénes son los malos de la historia.

Cela se comportó como el último gran señor del siglo XIX quizás porque era de los pocos escritores españoles que descubrieron que vivir en el siglo XX no era una decisión ni una propuesta sino una realidad con la que había que contar, que había que simplemente contar. Es algo que, modestamente, del otro lado del charco, nunca hemos podido dudar. Desnudo del aura de cualquier tradición, libre de instituciones culturales sólidas, la prosa de Camilo José Cela -el hombre que representaba a todas las más vetustas instituciones españolas- me resultaba una forma rara de libertad y de cercanía. Feliz de leer sin entender, entendía justamente una novela que sabe que la tarea del novelista es esconder lo que cuenta para mostrar mejor quién lo cuenta.

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El CELA del futuro
Por Gonzalo TORNÉ

"El escritor, en España, es admitido, no como tal escritor (y precisamente por lo que escriba), sino a título pintoresco y decorativo”. Las palabras no pertenecen a un detractor de Cela sino al propio don Camilo, que las escribió en 1960 (un año temprano, pero con la mitad de su obra novelística ya publicada), y añadía: “Los que escribimos somos mucho más conocidos (mal conocidos se podría añadir) que leídos. En España suele interesar más la anécdota del escritor, cierta o falsa, que su obra literaria”.

El párrafo, leído a sabiendas de lo que dio de sí la vida de Cela, invita de inmediato a reaccionar ante las contradicciones, la distancia entre propósitos y resoluciones, y (según el ánimo que nos despierte) frente “las ironías” de la vida o el descarado cinismo del autor. Pero estoy convencido de que sobre todo esto ya se ha escrito. ¿Qué pasaría si nos tomásemos en serio la declaración de Cela y acudiésemos a sus novelas prescindiendo de “anécdotas pintorescas y decorativas”? ¿Es posible algo así, se puede apagar el zumbido del figurón?

No sólo es posible, sino que en cierto sentido es inevitable y será el paisaje del futuro. Desde 2002 han nacido e irán incorporándose a nuestra comunidad nuevos lectores para quienes las “anécdotas” del personaje sonarán como una música lejana e influirán tan poco en la lectura como el halo “pintoresco y decorativo” que envuelve, pongamos por caso, a Valle-Inclán y su consabido brazo ausente. Se podría decir, ampliando la cita de Cela, que en España las obras empiezan a ser leídas en serio cuando el escritor lleva un tiempo criando malvas.

Lo que el futuro lector incontaminado de la presencia pública de Cela encontrará en su obra (me limito a mi campo: la novela) quizás sería algo así: el mundo visto desde la perspectiva violenta y estrecha de miras de un aldeano iletrado, el romanticismo sucio de la última leva de tuberculosos, una recreación de la picaresca (donde se cuela el espíritu de Cervantes), la gélida observación de una comunidad humana conmocionada por la violencia y la humillación, una perspectiva de la vejez, el luto y el delirio contadas desde un lirismo despeinado; y después de un prolongado hiato: la panorámica de la suspensión moral en la que fermentó la Guerra Civil, un fascinante entrecruzamiento de voces convocadas para fijar en una suerte de vivísima intemporalidad la Galicia rural, la purga de su corazón y el malabarismo de encerrar la crónica de un duelo en una sola frase.

Del resultado de este travelling algo apresurado se podría afirmar: “En otro sentido me parece un ejemplo a seguir: nunca se reiteró, nunca insistió en lo ya conseguido, nunca buscó un éxito demostrado; todo libro suyo era una novedad respecto al anterior y solo emprendía la redacción de uno cualquiera una vez que había comprendido que era menester dar otro paso, aunque fuera en el vacío. Antes insinué que sus doctrinas literarias eran las de un hombre de poco coraje: para llevar adelante su carrera demostró un coraje descomunal”. Las palabras son de Juan Benet, pero que nadie se alarme: se refieren a James Joyce, aunque no deja de sorprender lo bien que se dejan aplicar al inconformismo que recorre el empeño novelesco de Cela.

Pese a que la velocidad del travelling impide profundizar demasiado en cada uno de los títulos, se aprecian un par de rasgos comunes que vendrían a certificar que han sido escritos por una misma inteligencia. Cela dijo una vez que un hombre sano no tiene ideas, la frase cristalizó en una consigna (y en un alivio) para el grueso de sus seguidores (individuos con una “salud” de concurso) y, aunque sus novelas obligan a matizar la afirmación, se podría defender que Cela aprovechó el espacio liberado por las ideas (miren si consumirá recursos energéticos y vitales su circulación por nuestro cerebro que según los científicos evolucionistas el Homo sapiens tuvo que sacrificar a cambio la fuerza de sus extremidades) para tramar pequeños universos idiomáticos, densos y matizados, bien resueltos o renqueantes, pero siempre distintos y amoldados al rasgo singular y predominante de cada una de sus novelas.

Antes decía que no es del todo cierto que el Cela novelista no se permitiese ideas (y bien leído nada en su afirmación obliga a pensar que se tuviese por un hombre completamente “sano”), al menos una noción recorre y amalgama el conjunto de sus novelas: la tierra es el escenario de la hostilidad humana. La depredación (física, moral) es un proceso imparable e incesante, con indiferencia del ámbito en el que nos movamos: las grandes perspectivas de la historia, un pueblecito de Extremadura, los campos de la picaresca, una Galicia fantasmagórica... Lo que distingue a Cela de tantos darwinistas de lance quizás sea lo poco que su mirada se deleita en el mecanismo de ascensión social o de supervivencia (retratado, eso sí, con toda su pujanza eufórica, con su salvaje vigor), sino que prefiere seguirle el rastro a “todos los perdedores de algo: de la vida, de la ilusión, de la esperanza, de la decencia”. Un “vitalista tristísimo”: quizás así piensen de Cela los lectores en ciernes, cualquiera sabe.

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CJC, cartas de amor de un falso 'comeniños'
Por Fernando DÍAZ DE QUIJANO

Camilo José Cela Conde publica una versión actualizada de Cela, mi padre con correspondencia inédita entre el escritor y su primera mujer, Charo Conde

"Como sabéis, las reacciones de mi padre en público podían ser tremendas. Muchos pensarían que desayunaba niños crudos". Esta es, en efecto, la imagen que Camilo José Cela proyectaba al mundo, y quien pronuncia estas palabras, su hijo Camilo José Cela Conde, se ha encontrado con un Cela muy distinto en las más de mil cartas que intercambió con su primera esposa y madre de su hijo, Charo Conde.

En una de ellas, a los pocos años de casarse, leemos: "Perdóname esta carta. A cualquier otra mujer que no fueses tú, hoy no le hubiera escrito y me hubiese acostado a dormir la mona, que falta me hace. Pero yo te adoro y para mí eres más que Dios y el Espíritu Santo. No quiero disimular que estoy... bien, que estoy borracho perdido. No es la primera vez y, si Dios quiere, tampoco ha de ser la última. Tú todavía no te imaginas lo que en mi vida representas. Yo me cago en mi padre, pero soy capaz de matar a quien no reconozca que eres la mujer más perfecta de la tierra. ¡Viva tú!".

"El Cela temible no existía, era una invención", asegura el hijo del Premio Nobel a la luz de estas cartas. La personalidad que muestra en la correspondencia rescatada es incluso más entrañable y cercana que la que exhibía ante sus más allegados, que tenían la sensación de que "Cela dominaba las cosas, de que flotaba a dos metros por encima de la humanidad". Este descubrimiento ha servido a Camilo José Cela Conde para actualizar, a propuesta de Emili Rosales, editor de Destino, el libro Cela, mi padre, que publicó por primera vez en 1989, el mismo año en que la Academia Sueca concedió al autor de La colmena el premio más prestigioso de la literatura universal.

Después de la muerte de Charo Conde, su hijo recuperó unos arcones de cartón en los que su madre guardaba multitud de cartas y manuscritos de Camilo José Cela. La correspondencia más relevante, explica Cela Conde, es de la época en que CJC estaba escribiendo La familia de Pascual Duarte, y de cuando veraneaba en La Coruña en casa de su tío el arquitecto y compositor Eudardo Rodríguez-Losada. El hijo del escritor insiste en que "el Cela que aparece en estas cartas no cuadre con el que todos conocemos, está en sus antípodas. Yo tampoco sabía que existía un Camilo José Cela así, aunque lo sospechaba". Así, en estas cartas leemos a un Cela muy joven, "angustiado y cargado de contradicciones, como lo era el hecho de ejercer como censor de Franco y a la vez escribir un libro como La familia de Pascual Duarte. Uno piensa: ¿Cómo se pueden hacer esas dos cosas a la vez? Pero se puede, y esa contradicción profunda le llevaba al desespero".

Cela Conde anuncia que el archivo epistolar estará a disposición de los investigadores que lo soliciten en la fundación, y que él no las ha estudiado a fondo, sino que se ha limitado a usarlas "como ilustración de un Cela desconocido". Al mismo tiempo, considera que la fachada que CJC exhibía hacia el exterior es algo propio del oficio literario: "Ser escritor consiste en inventar personajes, y el primero que un escritor inventa es el suyo. Cela se creó varios. Uno de ellos es el vagabundo de sus libros de viajes, y no tiene nada que ver con el personaje 'comeniños'. No se trataba de una impostura, sino de una reconstrucción literaria, útil para ampararse en ella como escudo cuando las cosas vienen mal pintadas".

El Cela personaje y el Cela escritor se retroalimentaban engordando una espiral que, opina Cela Conde, dejó de girar en su parte más alta. "El éxito es, como dicen los anglosajones, una pendiente resbaladiza. La concesión del Nobel de Literatura te puede llevar a la paradoja de la imposibilidad de seguir escribiendo". Eso es lo que le pasó a su padre, "pero se reservaba un as en la manga: Madera de boj, una obra maestra a la altura de sus primeros libros". Esta crónica de la Galicia marinera fue, además, su canto de cisne, ya que el autor murió un año después de su publicación. "Ya me habría gustado a mí escribir Madera de boj como única obra en toda mi vida", confiesa Cela Conde, que además de catedrático y ensayista es narrador, aunque le causa pudor considerarse como tal bajo la imponente sombra de su padre. Aunque eso no quiere decir que no esté orgulloso de su prosa. Si se le pregunta qué opinaría Camilo José Cela Trulock de este Cela, piel adentro, responde: "Si yo fuera fatuo, ridículo y desmesurado, podría decirles -pero no se lo digo- que este libro lo podría haber escrito él".

En los arcones que guardaban las cartas entre Cela y Charo también había otros manuscritos del escritor que incluyen poemas inéditos, artículos y dos obras de teatro inacabadas. Su hijo no contempla su publicación en forma de libro, pero sí cree que los sacará a la luz poco a poco a través de la prensa.

La nueva edición del libro coincide con el centenario del nacimiento de Cela, el 11 de mayo. Con motivo de la efeméride, la Fundación Charo y Camilo José Cela ha preparado para este año un programa de actividades que incluye, además de diversos concursos, exposiciones y simposios, la reedición de La colmena con párrafos eliminados por la censura y que nunca fueron restituidos en vida del escritor. Además, la editorial Destino ha lanzado una edición especial de La familia de Pascual Duarte, la novela que consagró al autor en 1942, en su colección Destino Clásicos, al tiempo que mantiene en circulación la obra de Cela en ediciones de bolsillo del sello Austral. En este sentido, Cela Conde espera que este año sirva para fomentar la lectura de las obras de su padre: "¿Se lee lo suficiente a Cela? El hijo de un escritor te dirá siempre que no, pero yo creo que sus obras están resucitando poco a poco, ya que, para bien o para mal, Cela es un clásico. Pero un clásico raro, como Quevedo".

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Cela a través de recuerdos
Por Sergio JIMÉNEZ FORONDA

La exposición El recuerdo más cercano. Gabinete bibliográfico de Camilo José Cela recoge objetos inéditos del escritor en el Instituto Cervantes

"Si a la generación de los que están en la universidad o en el colegio no somos capaces de transmitirles el placer de leer a Camilo José Cela no habremos hecho los deberes", con esta frase ha definido Camilo José Cela Conde el objetivo que persigue la celebración del centenario del nacimiento de su padre en la presentación de uno de los actos de la misma: la exposición El recuerdo más cercano. Gabinete bibliográfico de Camilo José Cela. El Instituto Cervantes acoge esta muestra hasta el 23 de octubre en colaboración con la Fundación Charo y Camilo José Cela, de la que Conde es presidente.

Los objetos que formaron parte de la vida de Cela lo acercan al espectador tanto como sus libros, que también forman parte de las 60 piezas expuestas. Entre ellos se encuentran los primeros ejemplares de La familia de Pascual Duarte (1942) y Pabellón de reposo (1943) dedicados a Charo Conde, su mujer. Además, cartas, poemas, fotografías, dibujos y plumas se exponen alrededor de una mesa rectangular, guardados como en el arcón que utilizaba Charo para almacenarlos, pero ahora a la vista del público.

"El enfoque que se le está dando a esta conmemoración es lo verdaderamente sustantivo de un escritor, que es lo que escribió y una vez que no está vivo lo que queda de él es muy importante, es su obra, y ese escritor pervive en la lectura de todos sus textos", ha señalado el director de la Real Academia Española, Darío Villanueva. El director también ha mencionado algunos de los motivos que han llevado al escritor español a protagonizar exposiciones como ésta, entre los que se encuentran ser uno de los escritores españoles más traducidos o haber sido el primer novelista español en conseguir el Premio Nobel de literatura en 1989.

Un apunte bio-bibliográfico, como lo tituló el propio escritor, es en buena parte el hilo conductor de la muestra, que arranca con el mismo. Junto a él se encuentran dos plumas estilográficas que Cela empuñó para escribir las célebres novelas La familia de Pascual Duarte (1942) y La colmena (1951), esta última una Montblanc, marca a la que se mantendría fiel desde entonces. Con ellas quizá también escribió las cartas y poemas que enviaba a Charo durante su noviazgo, en las que le expresaba su deseo de casarse con ella, algo que no les hizo falta para tratarse en su correspondencia como marido y mujer. Charo es también la protagonista de los dibujos que se exhiben, entre los que también se encuentra un autorretrato a tinta.

Otros nombres célebres de la cultura española aparecen en la exposición junto al de Cela. Joan Miró y Pablo Picasso están presentes ejemplificando la importancia del arte para el escritor. De su relación con el primero queda como testigo el número de la revista Papeles de Son Armadans, publicación dirigida por Cela, dedicado especialmente al pintor barcelonés en el que éste plasmo un dibujo para Charo. Uno de los encuentros del escritor con Picasso dio como fruto un poema dictado por el artista que Cela recogió de su puño y letra en un texto que dio paso al libro Trozo de piel, ambos se pueden ver en la muestra junto con su manuscrito.


Pero no toda la exposición se encuentra tras el cristal de las vitrinas, sino que también incluye un documental de más de dos horas en el que 39 familiares amigos y colaboradores de Cela expresan en un sobrio blanco y negro opiniones y recuerdos que contribuyen a explicar la figura, obra y mundo del escritor. Éste se proyectará en bucle en una gran pantalla que preside la exposición. Para Camilo José Cela hijo esta obra audiovisual es "una especie de grito de alegría, de agradecimiento, de amistad y de pasión incluso en los momentos en los que se acometen aspectos de estudio literario".

Entre otros eventos con los que se celebra el centenario del nacimiento de Cela, en el que colaboran Obra Social "la Caixa" y SELAE, se encuentra la exposición que le dedica la Biblioteca Nacional, que el hijo del escritor ha comparado con el cuadro La rendición de Breda (Diego Velázquez, 1634-35): "Magnífico, casi insuperable". En cambio, la muestra que ocupa el Instituto Cervantes la equipara a La Gioconda (Leonardo da Vinci, 1503-19), que "es ese pequeño elemento que de pronto nos cautiva y hace que no lo podamos olvidar".

Nuevas reediciones

A estos eventos conmemorativos se unen la reedición de varias de las obras de Cela. Dos de sus libros de viajes aparecerán en un solo volumen en castellano y catalán: Madrid. Calidoscopio callejero, marítimo y campestre de Camilo José Cela para el Reino y Ultramar (1966) y Barcelona. Calidoscopio callejero, marítimo y campestre de Camilo José Cela para el Reino y Ultramar (1970). Una reedición que "no solo tiene un peso literario importante sino que es todo un grito a favor de lo que mi padre defendió a lo largo de su vida, que es que en España hay muchos pueblos, muchas gentes, pero hay un único sentimiento que los hace ser diferentes de los demás", ha señalado el hijo del Premio Nobel.

Además, verá la luz una edición totalmente nueva de La Colmena (1950) que incorpora "todos aquellos fragmentos que por mano de la censura o del propio autor no se incorporaron cuando la novela apareció (...) que dan una alternativa pequeña a lo que fue el cuerpo final de La Colmena", ha explicado Camilo José Cela Conde.

El hijo del escritor también ha afirmado que quedan dos proyectos que aún están buscando la forma de llevarse a cabo. Por un lado, un centro de estudios que pueda reunir todos los materiales dispersos, así como un museo en Mallorca que pueda dar fe de la estancia en la isla de los Cela. Junto a estos proyectos, Conde ha señalado que echa en falta la presencia de sangre joven en el centenario: "Me hubiera gustado que los jóvenes que, o bien desconocen a Camilo José Cela o tienen una idea que no tiene nada que ver con el escritor, de pronto, como quien no quiere la cosa, saquen un libro de la biblioteca de su padre, se pongan a leer, y el resultado es que se quedan absolutamente atrapados".


Articulo: http://www.elcultural.com 29/04/2016

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