vendredi 18 avril 2014

Verónica CHIARAVALLI/ El arte de contar el cuento

El arte de contar el cuento
Por Verónica CHIARAVALLI

La práctica comenzó a difundirse con rapidez y a principios de los años noventa se consolidaba como una propuesta más dentro del mundo del espectáculo. De pronto la narración oral, la costumbre de contar cuentos como lo hacían las madres y las abuelas, convocaba a un público ávido y atento en teatros, cafés y auditorios. Pocos elementos arropaban la voz humana en aquellas puestas; casi no había escenografía y el narrador debía crear la necesaria tensión dramática sin que el público lo percibiera como un actor.

Ana Padovani se destacó desde el comienzo en aquella incipiente pléyade de intérpretes y también se dedicó a reflexionar sobre los aspectos históricos y teóricos de su actividad en distintas publicaciones. A ellas se suma ahora Escenarios de la narración. Transmisión y prácticas (Paidós), un trabajo ameno y didáctico en el que capta la atención una especie de núcleo que se ha instalado en la obra casi sin que la autora se lo propusiera: ¿qué convierte en arte el acto cotidiano de narrar? Resulta evidente que Padovani no quiere mistificar su labor sino todo lo contrario. El libro se concentra en los beneficios terapéuticos de la tarea que cumplen los "narradores sociales" en cárceles, geriátricos y hospitales; y a los "narradores escénicos" les brinda recomendaciones prácticas para que logren efectividad. Pero el tono llano que Padovani nunca abandona permite vislumbrar el misterio de la transmutación por el arte cuando aborda el tratamiento de los componentes emocionales de la narración.

Guardianes de la memoria, aunque no lo sepan ni se lo propongan y sólo aspiren a entretener a su auditorio, los narradores se relacionan con el recuerdo de los hechos (y de las palabras que permiten relatarlos) de una manera más emotiva que racional. Padovani afirma que el buen narrador no sólo es quien ha vivido la experiencia que va a contar (y vivirla, en el caso de una ficción, significa compenetrarse con la historia) sino también "quien es capaz de transmitir la emoción; la comprensión de una historia no será del orden de la información, sino de la vivencia y la revelación". Y sobre todo, el que es capaz de preservar intacta "la burbuja mágica". "Quien cuenta un cuento se compromete a tomar, elevar y depositar al espectador oyente en el juego de espejismos que ha construido. De ese modo entre ambos se crea un espacio suspendido en el tiempo, donde el narrador sostiene entre sus manos a quien se ha entregado y se compromete a no dejarlo caer, a hacerlo permanecer en la burbuja hasta que termine el cuento/juego". Y advierte a sus lectores, potenciales contadores de historias, que el público perdona todo (equivocaciones, olvidos subsanados con improvisación) excepto una sola cosa: que le transmitan la incomodidad del error y lo hagan "caer en la realidad". Nadie quiere que lo saquen de la burbuja.


Articulo: http://www.lanacion.com.ar 11/04/2014